Tenia ojos claros. De un color extrañamente verde. Extraño por que eran verdes transparentes. Un tanto de miedo de me daban al mirarla. Por que se podía ver demasiado lo que estaba pensando. No sabía mentir. Por eso ella no miraba a los ojos al hablar. Ella miraba un punto entre el pecho y la boca. A veces, con más suerte, entre la boca y la nariz había algun detalle al que ella le gustaba mirar. Nunca supe bien que era lo que ella miraba allí. Intenté preguntarselo un día de mayo, antes de entrar a nuestra clase de química, pero entre una risa tímida y un gesto con la mano, evitó mi pregunta con una respuesta evasiva.
Cosia palabras con su boca. Sonaban claras, verdaderas como sus ojos. No sabía mentir. Sofía no sabía mentir. Labios que casi no se notaban de lo finos que eran. Se mezclaban con la piel. Diente un tant amarillos, le hechaba la culpa a una crema dental de mala calidad que compraban en su casa cuando era pequeña, le hechaba la culpa a no haber tomado no sé que vitamina de pequeña. Justificaba sus defectos con culpas que nadie tenía. Sofia no sabía mentir. Todo sonaba demasiado excusa.
Recuerdo que un amigo que tuvimos en común, me contó un secreto de aquellos profundos que todos tuvimos y tenemos. Uno de ella, tan profundo, tan dentro de ella se encontraba, que ni yo lo sabía (y decir que no lo sabía, habiendola leído en la mirada tanto tiempo, es extraño que yo no haya tenido idea). Un secreto que al tratar de escribirlo me tiemblan las manos. Estaba enamorada. De un alguien que ni ella sabia quién era. Y si digo que no lo sabía, es verdad, por que este amigo en común sabia leerla tan bien como yo. Y Sofia no sabía mentir.
Ya no tiene mucha gracia guardarlo por más tiempo. Ella ya no está como para mirarme con los ojos verdes transparentes, ni tampoco para retarme con su boca de labios finos, ni para intentar mentirme con excusas tontas.
Me pregunto que hubiese pasado si me hubiese enterado unos meses antes de ese amor. Me pregunto por qué no me lo contó. Me pregunto por que se guardó ese secreto para ella. Me pregunto si en realidad ella sí sabía mentir y todo fue una parodia. Sofia un holograma de mentiras rodeado de verdades que ni ella podía manejar bien.
Dentro de mi, me convenzo. Sofia no sabía mentir. Sofia amaba a un Alguien que la llevo a la mentira y a desaparecer, por que Sofia no sabía mentir. Un Alguien al que yo sí vi llevarse dentro de una ambulancia a uno sabra donde. A Sofía no la vi irse, ella se esfumó en el aire. Siempre me pregunto si él esta vivo aún. No conocí a ese Alguien. Por ahí él esta en algún lugar esperando que ella vuelva a aparecer dentro de las sombras. O acaso si Sofia, o al menos mi recuerdo de Sofia, logró escapar y encontrarse nuevamente con él. Escaparse lejos de aquí con él. Si acaso, por su incapacidad de mentir, no pudo más que correr con él sin decirme adiós. Si por temor a no saber mentir, nunca me volvió a buscar, por miedo a las atrocidades que supongo que habrá hecho.
Extraño a Sofia. La extraño desde un día que dejó de aparecer en el baño de mujeres antes de la clase de matemática, desde que en el kiosco ella no estaba con su chocalate amargo, desde que no me buscaba para caminar juntas las tres cuadras hasta el colegio. Desde que ella, de un día para el otro, dejó de tener el pelo castaño claro, para teñirse de un rojizo opaco y que no volvió a caminar sin tacos. Sofia era mi amiga, ella era mi mejor amiga.
Sofia desapareció hace unos años. Se la comió una mentira que no supo decir. Una mentira que sus ojos no pudieron decir. Por más que mirara debajo un punto entre la boca y el pecho. Nunca a los ojos.